Bajo el cielo de Jujuy, Samos y Mendoza…

Paisaje en ocres Chucaleznawordpresscom

Paisaje en ocres – Trabajo de niños del Taller de Chucalezna bajo la dirección del Prof. Jorge A. Mendoza. Fotografía: Ofelia Bertolotto. Digitalización: veromendo

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El siguiente texto fue publicado en un artículo del diario CLARÍN de Buenos Aires, el 16 de octubre de 1961, en la sección PANORAMA CULTURAL DEL INTERIOR.

(Por favor, en caso de tomar esta información o las fotografías, tenga a bien citar las fuentes originales. Muchas gracias)

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 BAJO EL CIELO DE HUMAHUACA, CHUCALEZNA ES EMBRIÓN DE PINTORES.

 Chucalezna. Poco dirá, posiblemente, al lector, este nombre con el que se designa un paraje de la célebre quebrada de Humahuaca. No es ni siquiera un pueblo. Simplemente, un “paraje”, un lugar en cuyo radio de cuatro kilómetros se dispersan, una por aquí, otra por allá, las humildes habitaciones de sus moradores: gente agricultora y pastora, que siembra trigo, maíz, papas, habas; que cultiva algunas especies frutales, como el manzano y el duraznero, y que cuida pequeños rebaños de cabras, cuyo pastoreo se realiza en lo alto de los cerros.

Chucalezna, situado entre Huacalera y Uquía, ciento cuarenta kilómetros más allá de la ciudad de San Salvador de Jujuy, hacia el norte, se levanta con la humilde arquitectura de su desparramado caserío a unos 2900 metros sobre el nivel del mar. Sus moradores viven pobremente, duramente, quizás, y tal vez sin quizás. Chucalezna está lejos de los goces urbanos allí desconocidos, y son pocas las satisfacciones qué su existencia monótona y sin sobresaltos depara a sus habitantes. Pero hay en el lugar, perdido entre las demás modestas habitaciones campesinas, un pequeño edificio donde -supóngalo el lector, como lo imaginamos nosotros- ondea en los días en que sopla el viento la bandera celeste y blanca de la patria; un edificio alegrado por la presencia jubilosa de los cebollitas norteños: la escuelita que es avanzada de civilización, centro rudimentario de cultura, sitio de atracción para el rumoroso enjambre infantil y también para los sufridos pastores y labradores.

Entre las cuatro paredes de la escuelita humilde, hace tres años nació una nueva actividad que iba a concentrar la atención y el interés de muchos de los purretes asistentes a ella. Junto a los enseres usuales —pizarrón, bancos, tizas, cuadernos, lápices— se amontonaron algunos otros, traídos por un hombre joven que deseaba iniciar una experiencia: potes de pintura, pinceles, telas… Un artista, el escultor Jorge A. Mendoza, dio comienzo así, en un día cualquiera de 1959, un día que queremos imaginar límpido, soleado y alegre, lleno de acucioso rebullicio pueril, las actividades del Taller de Pintura de Chucalezna. Dio las primeras lecciones a los pequeños, les enseñó a manejar lápices y pinceles, los fue guiando, con amor y paciencia, en los primeros trazos, en las iniciales aplicaciones de color, despertando en sus espíritus y genes el asombro de la realización estética. Bajo y junto a la poesía del cielo y del suelo humahuaqueño, la poesía-del arte, el encanto de esos oros y verdes y azules y carmesíes que son iguales y también distintos a los de la naturaleza. Desde entonces los cebollitas de aquel perdido lugarejo norteño  viven su clima de fiesta seria, periódicamente, esbozando figuras, copiando o inventando imágenes, trasladando al lienzo, con manitas todavía quizás temblorosas o vacilantes, inexpertas, el rudo pero encantado paisaje cotidiano…

Otras veces, en el amplio patio que se abre ilimitadamente más allá de las puertas de la escuelita, los niños se agrupan y ofrecen pequeños conciertos rurales. Son los mismos alumnos que asisten a las clases del profesor Mendoza, que integran una pequeña banda musical. Unos ejecutan en la quena, el típico instrumento de legendarios orígenes; otros se las entienden con sicuris y anatas, o tocan el bombo, el tambor, la caja o el erkencho. Y las melodías agrestes se difunden al amparo del viento, expresando la ingenua alegría o la honda tristeza del paisaje y del hombre norteño. De ese norte que todavía muchos compatriotas imaginan como un motivo para la explotación pintoresca del folklore, pero al que hay que ir a buscar en su recóndita e inexpresada entraña humana, como lo ha hecho el escultor Mendoza, y como lo hace también otro artista joven, el pintor Claudio Samos.

Desde la misma fecha que aquél, Samos tiene a su cargo la asignatura de dibujo en la escuela Esteban H. Leach, del ingenio La Esperanza, cuyos alumnos expusieron sus trabajos en 1959 en la capital de la provincia. Y desde el año pasado dirige el Taller Libre de San Pedro, en donde los pequeños artistas de mañana van volcando las maravillas de su tierna sensibilidad, que vibra ahora al conjuro de quien, poseído de hondo afecto y vocación, les va haciendo entrever otro mundo de sugestiones infinitas.

Tanto Mendoza como Samos pertenecen al grupo plástico Austral y a ambos les corresponde, en buena ley, el título de dadores de poesía. Porque es dar, entregar, regalar poesía, y es menester poético en sí, de puro y entrañable lirismo, este de ir despertando en las almas infantiles el sentido del color y de la melodía, adecuándolas, al mundo de las impresiones estéticas y extrayendo de ellas todo lo que ellas son capaces de ofrecer, a su turno, a un mundo que necesita ser constantemente ennoblecido y embellecido con su hálito puro.

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CLARIN 16-09-1961 2

Artículo publicado en CLARIN 16-09-1961.
Abajo, a la derecha se añade fotografía de los niños músicos de Chucalezna, no incluída en el artículo original. Foto: Jorge A. Mendoza. Digitalización: veromendo

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Banda musical de los alumnos del Taller de Chucalezna reunida, seguramente, con motivo de alguna visita institucional al Taller. A la izquierda del grupo, acompaña doña Nicolasa Nelson de Mendoza, directora de la Escuela.  A pesar, o justamente por, encontrarse algo “movida”, la imagen adquiere una atmósfera llena de encanto y melancolía. Foto: Jorge A. Mendoza. Digitalización: veromendo.

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3 pensamientos en “Bajo el cielo de Jujuy, Samos y Mendoza…

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