El tesoro escondido del Yacoraite

Entre las historias menos conocidas que han tenido como escenario la Quebrada de Huamhuaca, se encuentra la que tan bien relató José Armanini en su libro “La Quebrada Enigmática” (Buenos Aires, Hachette, 1965).  Dado que es imposible hallarla en internet y el libro no se ha vuelto a editar, me pareció interesante compartirla aquí y además dedicarle unas líneas a su autor, cuyo trabajo literario y pictórico está íntimamente ligado a la cultura quebradeña.

Qda Yacoraite UNT Lorenzo Kelly

Quebrada de Yacoraite – Foto: Don Lorenzo Kelly (1959).

 

LAS CUARENTA CARGAS DE PLATA DEL YACORAITE

 por José Armanini

Entre las distintas versiones relacionadas con el tesoro escondido del Yacoraite, hemos recogido en la Quebrada la que algunos descendientes de los Heredia y los Álvarez Prado dan como verdadera. No existen documentos, ni planos, ni referencia escrita que certifiquen el lugar de su existencia, pero muchos jujeños de vieja raigambre transmiten la historia escuchada a sus abuelos con el solemne respeto y la fe que éstos inspiraban. Según ellos, fue así:

A fin de robustecer las arcas y mantener el equilibrio económico en el menos rico Virreynato del Río de la Plata, el Virreynato del Perú le enviaba anualmente, con carác­ter de subvención y en forma secreta, una determinada cantidad de dinero, consistente en fernandinos de plata y onzas de oro. El traslado de este aporte se realizaba a lomo de mula, burro o llama, a lo largo de seiscientas leguas, presentando exteriormente la apariencia común de un transporte de mercaderías o productos de primera necesidad; pues sobre el lomo de los animales se veían costales viejos y ruinosas petacas de cuero de diferente tipo y laya; un oficial español vestido de paisano actuaba de patrón y cinco arrieros oficiaban de ayudantes.

En el año 1810 esta importante ayuda metálica es conducida en cargas y aparejos acondicionados sobre cuarenta mulas. El viaje es largo y penoso, y mucha la responsabilidad de los encargados de conducir el carga­mento. Este ha vencido las cumbres, abras y valles del Perú, ha cruzado el altiplano inhóspito y entrado ya a la Quebrada jujeña, cuando los ecos de la Revolución de Mayo lo sorprende poco antes de llegar a Huacalera: el Virrey Cisneros ha sido depuesto y se debe acatar al nuevo gobierno presidido por Saavedra. Un gran ejército marcha hacia las provincias del norte para consolidar el nuevo poder constituído.

La noticia es grave para los españoles, pues tiene fuerza de desmembramiento, produce pánico y es terrible­mente desoladora para los que conducen el cargamento. ¿Qué hacer? Las cuarenta mulas con sus costales y peta­cas de plata y oro están ahí, en la playa de Río Grande como a la deriva. ¿Avanzar? Esto significaría entregarse prisionero a las fuerzas rebeldes que vienen en marcha forzada. ¿Retroceder? Tampoco. Se encuentran en juris­dicción de la nueva patria en armas y cualquier autoridad de los pueblos de retaguardia puede tomarlos. Sin em­bargo hay que salvar el tesoro en cualquier forma y a cualquier precio. Ahí, a la vista, está la quebrada afluente del Yacoraite. Llegando hasta las altas cumbres de su nacimiento, podrían encontrar una salida que les permita escapar a Chile. No hay tiempo que perder. La idea se define y la pesada arria sube por la senda pedregosa hasta que los animales, agotados, se resisten a dar un paso más. Ahí cerca están las cimas que los acorralan, pero se ve el desfiladero que les permitirá transponerlas. Sus faldas yermas son cortadas a pique y sólo muestran algunas cuevas que ha socavado el tiempo con sus cotidianos elementos y donde, de tanto en tanto, anida algún cóndor.

Ante el dilema atosigante y premioso, se recurre por fin a una solución desesperada: esconder las cuarenta cargas de plata y oro.

Ahí están las cuevas. En una se han de guardar los aparejos y en otra cualquiera o en disimulada breña, se ha de cavar y sepultar el tesoro. Luego se soltaron los animales y el oficial y los cinco arrieros, uno a uno, tratarán de escapar tomando distintas direcciones.

Así se hace y, horas más tarde, las silenciosas cadenas del Yacoraite son depositarias del tesoro amonedado, que con sus desmoronamientos y exagerado celo ha de guardar entre las capas pétreas y arcillosas de su seno.

A comienzos del siglo XX, se inician en San Salvador de Jujuy los trabajos de construcción de la línea del ferrocarril que ha de unir a la Argentina con Bolivia. En un alarde de esfuerzo humano y de aplicación técnica, ella se extiende a lo largo de la quebrada indomable de Viltipoco y Tolay, la apacible de la colonia y más tarde bravía epopeya emancipadora. Sometida por la civilización y el progreso, ella va cambiando su carác­ter. Ahora la mole trepidante de la locomotora y sus vagones viborea por sus laderas con velocidad allí des­conocida y los ecos de sus silbidos horadan la gran­diosidad virgen del paisaje milenario y policromo.

Allá por el año 1906, los campamentos de “punta rieles” se hallan cerca del pueblo de Humahuaca. Un centenar de hombres, moviéndose como hormigas entre los dos macizos de la Quebrada, levantan terraplenes, cortan cerros y construyen puentes en constante esfuerzo y común acción. Son técnicos, operarios y peones de procedencia y origen dispares: genoveses parias y soli­tarios tiroleses; santiagueños aguantadores y tucumanos alegres, bolivianos y chilenos curtidos; algún andaluz fantasioso y uno que otro yugoslavo triste; el infaltable turco acriollado y muchos hombres del predio que ponen el hombro a la obra que los beneficiará.

Durante la semana se trabaja duro. El sábado por la tarde y en la noche se bebe vino y aguardiente, y se entona, al son de guitarras, bandoneones o concertinas, la evocadora canción de la lejana tierra natal. El domingo, entre copa y copa, se juega a la taba, al truco, al tute o a las bochas y se ventilan diferencias o alca­hueterías a punta de cuchillo, trompadas o palos.

Es una noche dominguera de libaciones y juego cuando Nepomuceno Catacata, hombre de la comarca y trabaja­dor de “punta rieles”, se presenta en el despacho de bebidas de la proveeduría del campamento con gesto raro y movimientos nerviosos. Se acerca al mostrador con mirada y paso alertas. Se acoda en él con movi­miento sigiloso y pide un medio litro de vino. Luego paga con una moneda de plata más grande que la del “quinto” boliviano que por allí circula.

—¿De dónde has sacado esta moneda?— pregunta el cantinero.

Nepomuceno Catacata pide silencio llevando el índice de la mano derecha a los labios. Luego saca de uno de sus bolsillos un puñado de ellas, muestra y responde:

—Tengo muchas. ¿Sirven?

—¿Cómo no van a servir? ¡Son de plata!

—¿Y éstas amarillas?

El empleado toma la que Catacata le alcanza; la ob­serva, calcula su peso, la muerde y, mirando fijamente al peón, exclama:

—¿Dónde has robado este dinero, cochino?

Nepomuceno Catacata vuelve a pedir silencio levándose el índice a los labios y explica:

—Anduve por los cerros y encontré un “tapao”… Son muchas… Más de una carrada…

Pese al silencio y la reserva solicitada, el cantinero habla y la noticia se expande como peste entre el peonaje disperso en las casillas y carpas del campamento.

Catacata sigue bebiendo en el mostrador de la pro­veeduría.

—¡Es el tesoro escondido del Yacoraite! —exclaman, per­plejos, los viejos criollos de la zona, que allí trabajan.

—¿Dónde está el “tapao”?— interrogan los peones, sin disimular su envidia y codicia.

Por toda respuesta, Nepomuceno Catacata arroja varias monedas sobre el mostrador y ordena que sirvan vino para todos.

—¿Dónde está el “tapao”?— asedian los peones en forma casi amenazante.

Nepomuceno Catacata sigue mudo. No habla, ni ha­blará. Nadie sabrá nunca donde se halla su secreta fortuna. Ella le pertenece y la gastará cuándo y cómo quiera. Tomará mucho vino. Mascará mucha coca. Comprará un lindo caballo con montura y riendas chapeadas. No trabajará más con la pala y el pico, ni alzará más rieles. No trabajará en nada ni para nadie. ¿Para qué va a trabajar? Se trabaja para tener plata y esto a él le sobra. Así piensa Catacata y pide más vino. Pide vino para él y para todos los que están allí presentes. Él paga. Para eso tiene plata. Mientras tanto el ambiente se va haciendo cada vez más espeso. Ahora nadie habla. Sen­tados o parados a su alrededor, el peonaje bebe y observa con mirada huidiza al afortunado paisano. Se sigue bebiendo sin medida y, encendida por el alcohol, la mente aflora su maldad y baraja su egoísmo en maqui­naciones y proyectos inconfesables para compartir o apoderarse de esa riqueza.

No obstante su ebriedad, Nepomuceno Catacata presiente la amenaza y el peligro que ya pesa sobre su vida a causa del “tapao”. Por eso arroja unas monedas más sobre el mostrador y sale de la proveeduría ferroviaria haciendo eses y sin mirar al grupo heterogéneo de contertulios. Luego camina con pasos acelerados e inseguros hacia la vía en construcción, como buscando refugio en las sombras de la noche.

Al reanudar el trabajo en las primeras horas del día siguiente, la “cuadrilla colocadora de rieles y durmientes” encuentra sobre el terraplén el cuerpo de Nepomuceno Catacata atravesado por una feroz puñalada. Los dedos de las manos del peón se han clavado como garfios en la tierra y en los bolsillos de su saco ya no hay fernandinos de plata ni onzas de oro. Su alma ha volado llevándose el secreto del tesoro escondido.

Algún tiempo después de que el criminal suceso conmoviera momentáneamente a los habitantes del lugar, la codicia natural de los hombres organiza comisiones para explorar los cerros en que se supone están sepultadas las cuarenta cargas de plata y oro con que el Virreynato del Perú quiso subvencionar al Virreynato del Río de la Plata en el año 1810. Después de cruentas penurias y mucho bregar, una de ellas encuentra la cueva en que se escondieron los aparejos, los cuales, por la acción del tiempo y las filtraciones pluviales, se deshacen con la sola presión de las manos. Este descubrimiento sin valor real pero confirmatorio de la existencia del “tapao”, acicatea el espíritu y renueva el entusiasmo de los hombres que acometen la empresa. Pero, todo es en vano. Pasan meses de exploración y trabajo realizados en sacrificadas condiciones: el tesoro del Yacoraite no aparece. La paciencia se agota, la esperanza se esfuma: él sigue escondido aún entre los cerros como una burla a la tentación, a la codicia, al egoísmo y a la maldad de los hombres.

 

Sobre su autor, José Armanini, ver entrada siguiente.

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2 pensamientos en “El tesoro escondido del Yacoraite

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