Postales de Jujuy: Tilcara

A través de estas imágenes evoco la Tilcara que vivieron mis padres y abuelos, y rememoro la de mi infancia…

Vista panorámica de Tilcara hacia 1930 por Federico Kohlmann

Vista panorámica de Tilcara hacia 1930 por Federico Kohlmann (archivo de la BNMM)

Por su emplazamiento, su clima, su historia y su cultura, Tilcara sigue siendo el pueblo cuyo nombre surge inmediatamente, en el imaginario de jujeños y forasteros, al nombrar la Quebrada de Humahuaca.

1930∗∗∗2011

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Tilcara hacia 1920 por Federico Kohlmann (archivo de la BNMM)

1920∗∗∗2011

Referencias

2002

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Tilcara, panorámica hacia el Oeste (veromendo, 2002).

 

 

 

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Perpetua Villa San Martín

 

Vº San Martín chucalezna

Vista de Vº San Martín hacia 1960 (por Jorge Mendoza)

 

Esta imagen me llena de nostalgia pues, tal como relaté en una Entrada anterior, durante mi infancia viví precisamente en una esas casas, en la primera fila de la fotografía, sobre la costanera. Hacia el año 1978, la Villa era todavía considerada un barrio semi-marginal de San Salvador de Jujuy, de pobre reputación aunque en aquel momento y a mi edad me era imposible percibirlo así. Era la extensión de mi hogar, la antigua casona que habitábamos balconeando directamente hacia el río Grande. Hacia el frente, algún que otro sauce en la orilla, la playa y sobre la otra margen, el coqueto barrio de “Los Perales” descendiendo desde el cerro homónimo. Hacia el oeste, podía verse el glorioso cerro Azul, con su típico “poncho” de granizo en el invierno y en diciembre un gigantesco árbol navideño, cuajado de bombillas de todos colores, que emergía desde la mismísima usina de Jujuy.

Pero la entrañable panorámica -la de la fotografía- me recuerda a aquella que, volviendo de alguna jornada extenuante de paseo por “La Viña” o “Los Perales”, anticipaba que ya casi estábamos en casa.

Desde Los Perales 26-11-2007 por hraffag PANORAMIO

Vista de Vº San Martín desde Av. Mosconi -acceso a Los Perales- en 2007 (por hraffag, Panoramio)

Imágenes y referencias

Antigal y montoyismo

Negativos así rotulados por su autor, Jorge Mendoza (ver entrada La caja de Pandora: diapos inéditas).

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Antigal y Montoyismo 4. Por Jorge A. Mendoza (Digitalización: veromendo)

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Sobre Gustavo Montoya (1905 – 2003): artista y muralista mexicano de la primera parte del siglo XX, quién conformó la más tarde denominada “Escuela Mexicana de Pintura tardía”.

Vida de maestros

“…El docente, antes que un burócrata, es un ser dispuesto a dar, a enseñar y aprender, siempre.”

Oscar Taffetani

He elegido la siguiente foto para acompañar el texto de Oscar Taffetani, publicado por  Argenpress en el año 2009. En cada lectura vuelvo a encontrarlo de enorme vigencia, por lo cual decidí compartirlo en forma textual en esta Entrada.

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Durante una festividad, la comunidad relacionada con Escuela nº 112 de Chucalezna: padres, madres, hermanos y alumnos junto a su maestra Doña Nicolasa Nelson de Mendoza. Foto: Jorge Mendoza (año ’59 aprox.)

Vida de maestros por Oscar Taffetani (20/02/2009)

“Algunos sindicatos docentes vienen desarrollando talleres y encuentros, en los últimos años, bajo el sugestivo -y muy freudiano- título de El malestar docente. “La situación de pobreza extrema –se dijo en uno de esos encuentros- nos llevó a convertirnos en contenedores sociales, en vez de ahondar en estrategias pedagógicas. (…) La crisis ha hecho que los docentes estén más preocupados en los insumos para los alimentos del comedor que en las cuestiones de calidad educativa…” Como aporte a ese debate, creemos oportuno refrescar la memoria sobre el ejemplo silencioso de dos maestros argentinos

En su relato “Shunko”, el maestro rural Jorge W. Ábalos describía a fines de los años ’50 la dura y bella experiencia de un docente con hábitos urbanos, puesto a convivir (es decir, a enseñar y aprender) junto a los niños shalakos, habitantes del insondable Chaco santiagueño. Ábalos -gran colaborador del médico Salvador Mazza– enseñó a leer y a escribir, y también a lavarse la cara y a vestir; y aprendió a la vez, de sus niños, a reconocer los bichos del monte, colaborando luego en su estudio y en el desarrollo de vacunas y antídotos. La sabiduría de los niños shalakos llegó –a través del maestro Ábalos- a las universidades de Tucumán y Córdoba, y también a las de Río de Janeiro y Harvard.

Otro docente que supo enseñar y aprender, sobreponiéndose a la desidia y el olvido estatales, fue Jorge Augusto Mendoza, hijo de Nicolaza Nelson de Mendoza, directora de la Escuela Nacional Nro. 112 de Chucalezna, perdida en un valle de los Andes jujeños. La escuela de Chucalezna era, en palabras del maestro Mendoza (recién egresado de la prestigiosa “Prilidiano Pueyrredón”, allá por los ’60) “un ranchito humilde y prolijo, de paredes blancas, armado con bloques de barro y paja…”

Jorge Mendoza y su madre Nicolaza les dieron de comer y de leer a sus niños. Y también les enseñaron a poner sobre los papeles, las paredes y las telas todos los colores del amanecer y el atardecer en los valles.

La experiencia fue recogida en el bello cortometraje “Chucalezna” rodado por Jorge Prelorán, uno de los padres del documentalismo argentino. Y las admirables pinturas de Juan Humberto Aracena, Zoilo Gaspar, Dominga Saiquita y otros niños de la escuela son hasta hoy exhibidas en museos de la Argentina y el mundo.

Malestar vs. bienestar

La perspectiva sindical para el abordaje del problema docente no es la única posible. Debe completarse siempre con esa otra perspectiva, vivencial y pedagógica, que brinda el contacto directo –solidario- con el dolor, las alegrías y las esperanzas de la comunidad educativa. El tiempo empleado en “contener” a un niño golpeado por la pobreza y el desamparo, por eso, no es nunca un tiempo perdido para el docente. Ni puede ser excusa para dejar de ahondar en las “estrategias pedagógicas”. Ni una excusa para privarse de eso que puede ser –tratándose de docentes- otra forma de la felicidad.

La demanda educativa incluye (de más está aclararlo) el bienestar del docente. Pero el docente, antes que un burócrata, es un ser dispuesto a dar, a enseñar y aprender, siempre.

En 1929, ilustrando sobre lo relativo de cualquier apreciación, Sigmund Freud concluía uno de los capítulos de “El Malestar en la Cultura” con las palabras que el poeta Schiller había puesto en boca de un buzo que acababa de emerger de las profundidades: “¡Alégrense los que puedan respirar, a la rosada luz del día!”.”

Agradezco a Oscar Taffetani por su nota “Vida de maestros” en Argenpress.

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